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Hace ya algunos años yo trabajaba como jefe de bibliotecas en una institución científica aquí en San Cristóbal: el CIES (actual ECOSUR). El velador y portero era un indígena chamula que, en su comunidad, era pastor de su iglesia evangélica; solía estar leyendo su Biblia en tzotzil. Era amigable y solidario con quienes lo eran con él.
Un día tuve yo un altercado con el director del Centro, quien era abusador al ejercer el poder como son, desgraciadamente, todos los que adquieren un cargo por pequeño, mediano o grande que sea. No quería darme mi base cuando ya era el momento en que yo, por derecho, la merecía; mi trabajo era bueno y la única razón era su capricho. Así entonces, en su oficina y durante la entrevista me mantuve contenidamente serena y después, ya en mi oficina, estuve llorando hasta que todos los trabajadores se habían ido y yo pude salir a buscar mi coche con los ojos hinchados.
Ese día me di cuenta de cuánto me apreciaba el portero chamula porque me preguntó ¿te peleaste con alguien en la biblioteca? No, le dije. Ah, entonces ¿te regañó el Director? Sí, le dije. No te preocupes doctorcita, yo le voy a pedir a Dios que se lo chingue. Sí, pensé, hazlo por favor.
Desde entonces guardé para siempre en mi alma la profunda sinceridad de “la oración del chamula”

